lunes, 1 de abril de 2013

BIBLIOFILIA EN AL-ÁNDALUS: ¿PASIÓN U OBSESIÓN?

En el año 1895, Julián Ribera y Tarragó, uno de los arabistas pioneros en España, decide dar un discurso universitario que más tarde sería publicado bajo el nombre de Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana. Se trata de un breve ensayo magníficamente trazado que despierta gran interés, y en el que el autor se pregunta por el cómo, el cuánto y el porqué de la producción de libros tan voluminosa en al-Ándalus.

Respondiendo al cómo, el autor halla rápido el motivo, ya que parece ser que la causa se encuentra intrínseca en el sistema de escritura árabe: sencillamente, es fluido. Y esto permite una mano amanuense barata capaz de producir muchos volúmenes en poco tiempo. Además, los árabes trabajan con papel desde el año 750, lo que incrementa y abarata aún más esta producción. La curiosidad del autor no se queda ahí, y decide hacer malabares matemáticos para hallar el cuánto. Con unas multiplicaciones por aquí y por acullá de estudiantes, habilidosos escribas... obtenemos grosso modo la apabullante cifra de entre 700,000 y 800,000 volúmenes copiados en Córdoba. ¡Al año! Y es que al-Ándalus es descrita como una región en la que cualquier adinerado -o no- era de facto un auténtico bibliófilo. Pero... ¿por qué? Pues porque se trata de su medio de instrucción por excelencia. Los musulmanes son gentes del Libro, pero no solo en el ámbito religioso, sino también en el literario y artístico.

Pongamos por primer ejemplo a un califa, aunque más adelante veremos que la condición económica no fue un determinante. Ya la dinastía de los omeyas mostró gran interés y amor por los libros, pero no hubo califa más bibliófilo que Al-Hakam II (915-976). Su padre, Abd-al-Rahman III (891-961), como buen miembro de su linaje, ostentaba en la Biblioteca Real de Córdoba, es decir, su propia biblioteca, una asombrosa suma de volúmenes. Al-Hakam II y su otro hijo, Muhammed, tan pronto como empezaron a estudiar comenzó también el reto por ver cuál de ellos se hacía con una biblioteca más grande, pues la de su padre, a pesar de su esplendor, parecía quedárseles corta. Abd-el-Rahmán III fallece, y también su hijo Muhammad. Al-Hakam II, en su ascenso al trono, se encuentra con tres magníficas bibliotecas que gustosamente fusiona. Conocemos el número de libros aproximado: 400,000. E iban in crescendo, de tal manera que, en búsqueda de habitaciones con más espacio, el califa, el hombre con más poder de al-Ándalus, hubo de esperar seis largos meses para ver el traslado de todos sus volúmenes completado.

Continuando en los altos escalafones sociales de Córdoba, pero cambiando de sexo -pues la bibliofilia no era un sentir exclusivamente masculino-, nos encontramos con Aixa bint Ahmad ibn Muhammad (s. X-1009), más conocida como Aixa al-Qurtubiyya. Fue una mujer polifacética que destacó sobremanera escribiendo; escribiendo Coranes y sus propias poesías. Y además coleccionaba libros, llegando a ser su biblioteca otra de las muchas maravillas de papel de la Córdoba bajomedieval. Su biografía la conservamos gracias a Ibn Baskuwal, quien la halaga del siguiente modo: <<En su tiempo no había entre las mujeres nobles de al-Ándalus nadie que la igualase <<...>> en conocimientos religiosos y profanos, en dotes poéticas y retóricas, en virtud, elocuencia y buen juicio>>.

Bajando de estatus social, nos encontramos con una ejemplar anécdota de un hombre pobre -aunque no excesivamente-, llamado el-Hadramí, incansable viajante y bibliófilo que, a su paso por Córdoba, se detuvo en el esplendoroso mercado de libros. En su puja por uno de ellos se topó como contrincante con un hombre adinerado, que no dudaba en subir más y más el precio del libro. El-Hadramí, indignado, fue a hablar con él, y descubrió que su único propósito era rellenar un hueco de su biblioteca, hueco que el volumen parecía cubrir a la perfección. El bibliófilo de verdad perdió la joya y el farsante se la llevó a su casa: Córdoba había llegado a tal punto en el que cuantos más libros dispusiera una persona, más culta y de prestigioso raigambre parecía ser. Pero el bibliófilo no es solo aquel que acumula: es aquel que también devora, pues de lo contrario se convertiría en un mero coleccionista sin mayores aspiraciones que las de aparentar.

Pero... ¿dónde está lo especial de esta moda creciente en la al-Ándalus medieval? ¿No hay hoy en día múltiples casas con grandes bibliotecas; personas bibliófilas que pasan sus vidas leyendo y buscando ejemplares extraños? La diferencia la marca la distancia temporal. Hoy en día, la adquisición de libros, dejando fuera su coste, es increíblemente rápida: el libro se selecciona y se compra. Al instante. Hasta muy finales de la Edad Media, no existía la imprenta: la paciencia y la buena letra eran los ingredientes esenciales. Retomemos ahora la historia de Al-Hakam II y pensemos en su biblioteca de 400,000 ejemplares. Si tal cifra resulta impresionante incluso hoy en día, recapacitemos sobre la laboriosidad de todos esos volúmenes escritos tranquila y artísticamente por amanuenses, con páginas ilustradas con motivos laboriosos y, por supuesto, con sus obligadas y bellísimas encuadernaciones, y la impresión será aún mayor. Aparte de todo esto, hay que añadir que los califas y hombres más adinerados no se contentaban con una buena biblioteca, sino que, para proseguir con las adquisiciones, asalariaban a copistas interinos que trabajan incansablemente dentro de la propia biblioteca. Es el caso de Ibn Futays, quien tuvo seis escribas empleados que trabajaban para él y que, además, debido a su gran recelo, creaban segundas copias para prestar a los conocidos de Ibn Futays.

Como hemos visto, la bibliofilia en al-Ándalus comenzó siendo una pasión sincera propulsada por los amantes de la lectura, que, poco a poco, fue degenerando en una obsesión de ostentación de poder y falsa sabiduría, en la que ya no solo se coleccionaba por cuestiones materiales, sino como carta de presentación de cara al público. Sea como fuere, el caso es que al-Ándalus, y en especial Córdoba, se convirtió en la capital libresca de toda Europa, así como en un referente de cultura escrita para todo Oriente. Un lugar idílico, en definitiva, para los bibliófilos contemporáneos, que nos hemos de contentar, sin embargo, leyendo ensayos como los de Tarragó y deleitándonos en tan evocadoras escenas.

2 comentarios:

  1. Este pasado martes, hablamos en una clase sobre la importancia del conocimiento en el Islam. Y es que al parecer, segun el Coran, Dios quiere que los musulmanes sean cultos y sabios. Los inteligentes son los que pueden llegar a Dios. Supongo que esto tendra un poco que ver con la inmensa produccion literaria que tuvo lugar en Al-Andalus y en todos los paises arabes.

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  2. Precisamente ahora en Filosofía Medieval estamos estudiando lo que comentas, que el conocimiento en general y el islam parecen haber ido, desde los comienzos de la religión, íntimamente ligados.
    ¿Qué sería de nosotros sin libros? No quiero ni pensarlo. Hace apenas un par de días vi la película "Fahrenheit 451", que trata precisamente de una sociedad en la que leer no está permitido... y es escalofriante. Los libros son el testigo de toda la sabiduría pasada, y también de aberraciones de las que hay que aprender y no repetir.
    Son nuestros maestros, si los leemos, y nuestros confidentes, si los escribimos.

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